• Parte uno • Parte dos • Parte tres •
(si no podés visualizar la tercera, avisá en este post y la pego como comentario en tu blog)
No me acuerdo cuánto tiempo estuve encerrado en el baño con ellas, no recuerdo cuántos cigarrillos nos fumamos. Pero sí todas las cosas que aprendí de anatomía femenina que hasta entonces desconocía y les veo las caras como si hubiera pasado ayer o esta misma mañana. Recuerdo patentemente un lunar que Viviana tenía en la mitad de la ante pierna derecha, del lado externo, un poco debajo del muslo, que dibujé en los meses subsiguientes solapadamente en todas las hojas de Dibujo Técnico, escondiéndolo entre líneas y formas geométricas para que pasara desapercibido. Recuerdo la voz ronca de Marisa y las marcas de las uñas que las dos me dejaron en la espalda me quedaron por un par de semanas. Cuando volví al aula, mis amigos se reían por lo bajo y hacían chistes entre ellos. Yo no escuchaba nada, no entendía nada. Estaba como en otra dimensión. Durante los días que siguieron esperé en vano la mirada cómplice del Flaco para que me eligiera de nuevo, y al ver que corría el tiempo y la bufanda no aparecía en la ventana, los muchachos comenzaron a bromear diciendo que conmigo las chicas se habían espantado y no habían querido volver más.
Al paso de un par de semanas sin novedades, el Flaco decidió irse un mediodía a la salida al Santa María a ver si las encontraba. No las encontró. Habló con una amiga de ellas y le contó que el novio de Viviana había muerto en un enfrentamiento con la policía. A los pocos días, se las habían llevado presas a ellas dos, también al escritor con el que vivía Marisa.
El Flaco volvió triste como no lo vi nunca y las locuras del Loco perdieron toda su gracia. Ahora hacía planes para encerrarse en el baño de su casa o morirse por inanición pasando días y días sin comer. Lo que quedó de nuestro quinto año ya no fue lo mismo desde que nos enteramos. Al principio tuvimos miedo y dejamos de juntarnos a jugar a la pelota o salir de noche juntos. Después pasaron los meses y todo volvió a una relativa normalidad, con el Flaco empeñándose por rescatar al Loco de su depresión y por hacer que nuestro último año de colegio termine lo mejor posible.
Yo no pude recuperarme nunca. Sigo dibujando el lunar de Viviana, pero ya no en las hojas de Dibujo Técnico. Ahora lo dejo impreso en las servilletas de los bares, en los boletos de colectivo, en las facturas de teléfono y en la agenda de mi esposa. Incluso, cuando se descuidan, a veces lo infiltro entre las hojas de los cuadernos escolares de mis hijas. Tengo mellizas. Una rubia, otra morocha. Por las dudas, para no olvidarme, les puse Marisa y Viviana. Porque pasó mucho tiempo. Y la memoria se empeña en jugarnos malas pasadas.
Al paso de un par de semanas sin novedades, el Flaco decidió irse un mediodía a la salida al Santa María a ver si las encontraba. No las encontró. Habló con una amiga de ellas y le contó que el novio de Viviana había muerto en un enfrentamiento con la policía. A los pocos días, se las habían llevado presas a ellas dos, también al escritor con el que vivía Marisa.
El Flaco volvió triste como no lo vi nunca y las locuras del Loco perdieron toda su gracia. Ahora hacía planes para encerrarse en el baño de su casa o morirse por inanición pasando días y días sin comer. Lo que quedó de nuestro quinto año ya no fue lo mismo desde que nos enteramos. Al principio tuvimos miedo y dejamos de juntarnos a jugar a la pelota o salir de noche juntos. Después pasaron los meses y todo volvió a una relativa normalidad, con el Flaco empeñándose por rescatar al Loco de su depresión y por hacer que nuestro último año de colegio termine lo mejor posible.
Yo no pude recuperarme nunca. Sigo dibujando el lunar de Viviana, pero ya no en las hojas de Dibujo Técnico. Ahora lo dejo impreso en las servilletas de los bares, en los boletos de colectivo, en las facturas de teléfono y en la agenda de mi esposa. Incluso, cuando se descuidan, a veces lo infiltro entre las hojas de los cuadernos escolares de mis hijas. Tengo mellizas. Una rubia, otra morocha. Por las dudas, para no olvidarme, les puse Marisa y Viviana. Porque pasó mucho tiempo. Y la memoria se empeña en jugarnos malas pasadas.
FIN
