sábado, 16 de mayo de 2009

•El lunar de Viviana: parte cuatro•

• Parte unoParte dosParte tres
(si no podés visualizar la tercera, avisá en este post y la pego como comentario en tu blog)









No me acuerdo cuánto tiempo estuve encerrado en el baño con ellas, no recuerdo cuántos cigarrillos nos fumamos. Pero sí todas las cosas que aprendí de anatomía femenina que hasta entonces desconocía y les veo las caras como si hubiera pasado ayer o esta misma mañana. Recuerdo patentemente un lunar que Viviana tenía en la mitad de la ante pierna derecha, del lado externo, un poco debajo del muslo, que dibujé en los meses subsiguientes solapadamente en todas las hojas de Dibujo Técnico, escondiéndolo entre líneas y formas geométricas para que pasara desapercibido. Recuerdo la voz ronca de Marisa y las marcas de las uñas que las dos me dejaron en la espalda me quedaron por un par de semanas. Cuando volví al aula, mis amigos se reían por lo bajo y hacían chistes entre ellos. Yo no escuchaba nada, no entendía nada. Estaba como en otra dimensión. Durante los días que siguieron esperé en vano la mirada cómplice del Flaco para que me eligiera de nuevo, y al ver que corría el tiempo y la bufanda no aparecía en la ventana, los muchachos comenzaron a bromear diciendo que conmigo las chicas se habían espantado y no habían querido volver más.



Al paso de un par de semanas sin novedades, el Flaco decidió irse un mediodía a la salida al Santa María a ver si las encontraba. No las encontró. Habló con una amiga de ellas y le contó que el novio de Viviana había muerto en un enfrentamiento con la policía. A los pocos días, se las habían llevado presas a ellas dos, también al escritor con el que vivía Marisa.



El Flaco volvió triste como no lo vi nunca y las locuras del Loco perdieron toda su gracia. Ahora hacía planes para encerrarse en el baño de su casa o morirse por inanición pasando días y días sin comer. Lo que quedó de nuestro quinto año ya no fue lo mismo desde que nos enteramos. Al principio tuvimos miedo y dejamos de juntarnos a jugar a la pelota o salir de noche juntos. Después pasaron los meses y todo volvió a una relativa normalidad, con el Flaco empeñándose por rescatar al Loco de su depresión y por hacer que nuestro último año de colegio termine lo mejor posible.



Yo no pude recuperarme nunca. Sigo dibujando el lunar de Viviana, pero ya no en las hojas de Dibujo Técnico. Ahora lo dejo impreso en las servilletas de los bares, en los boletos de colectivo, en las facturas de teléfono y en la agenda de mi esposa. Incluso, cuando se descuidan, a veces lo infiltro entre las hojas de los cuadernos escolares de mis hijas. Tengo mellizas. Una rubia, otra morocha. Por las dudas, para no olvidarme, les puse Marisa y Viviana. Porque pasó mucho tiempo. Y la memoria se empeña en jugarnos malas pasadas.



FIN


miércoles, 6 de mayo de 2009

•El lunar de Viviana: parte tres•

Parte unoParte dos





Una mañana de Julio, en la que tenía tanto frío que no quería ni salir al patio, cuando vio la bufanda colgada cabeceó para mi lado. Miré a los costados, porque creí que había señalado a alguien cerca mío. Me parece que me vio tan desconcertado que se tuvo que acercar para decirme en voz baja "Andá vos, Luisito". Yo no lo podía creer. Me quedé mudo de la sorpresa. No sabía qué hacer. Tenía que salir del aula para ir a los baños del fondo por primera vez en mi vida. No tenía nada preparado, así que intenté convencer al profesor de Dibujo Técnico con lo primero que se me ocurrió. Fue el chamuyo más flaco de toda mi vida. Ni siquiera me acuerdo de qué dije, pero tengo en mi mente la cara del profesor diciéndome que sí como si hubiera sucedido ayer. Supongo que me creyó más por mi buena conducta y mi poca probabilidad de mentir que por la credibilidad de mi argumento. No importa. Lo cierto es que tenía que salir cuanto antes del aula. Me pasaron un encendedor por debajo de los bancos y salí por la puerta con la emoción más grande de mi vida.



También tenía miedo, no lo voy a negar. Y miedo por partida doble: a ser descubierto y por la incertidumbre de no saber qué iba a pasar. Los muchachos me habían contado acerca de las chicas, pero cuando las vi todas las descripciones se quedaron cortas. Se llamaban Marisa y Viviana. Una rubia, la otra morocha. Eran mejores amigas desde primer grado y ahora que estaban en quinto año de la secundaria eran mucho más que amigas: eran cómplices, como hermanas. No sé si yo me sentía muy perejil o era verdad eso que dicen de las mujeres, que siempre son más maduras, pero a mi no me parecía que tuvieran las dos 18 años. Viviana tenía un novio peronista que veía de vez en cuando porque estaba metido en la política y con las cosas como andaban en el país, andaba en alguna cosa rara de la que ella nunca quería hablar, pero el Flaco me había contado que, se decía por ahí, ella lo ayudaba robando legajos de los alumnos en la dirección y poniendo explosivos en la sala de profesores. Marisa se había juntado con un escritor y después de escaparse de la casa, se había ido a vivir con él a un sucucho en el barrio de Constitución. Nunca tenían frío. Andaban en pollera tanto en verano como en invierno como si nada, y no se les ponía la piel de gallina al sacarse la ropa en el baño vacío. Nomás pedían que les llevemos cigarrillos, para fumar un poco antes de volver a clase y llenarse el pelo de humo, porque lo que es la ropa… quedaba amontonada a un costado apenas aparecía alguno de nosotros, para que no se les impregnara de olor y no las descubrieran las monjas.



Continuará...



Parte cuatro



L.A

 
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