martes 27 de octubre de 2009

• Mirar la ciudad desde arriba



Salir a fumar al balcón y mirar la ciudad desde arriba, con el deso irrefrenable de dejarse caer desde el séptimo hasta el cemento y estrellarse como un huevo sobre el asfalto, para terminar de cocinarse bajo el hirviente sol del mediodía. Mirar la ciudad desde arriba y mirar las cabezas de todos, las cubiertas de los autos y los colectivos, los carteles de publicidad de las terrazas vecinas. Mirar la ciudad desde arriba. Ver a la gente como hormigas, como puntos negros en movimiento constante que buscan incansablemente su lugar en el plano. Mirar la ciudad desde arriba. Sentirse grande, alto, omnisciente y liviano, con la sensación de flotar como una pluma en caso de animarse a lanzarse hacia el vacío. Mirar la ciudad desde arriba, sin importar que sea Barcelona, Bogotá o Buenos Aires, porque para los suicidas las ciudades son todas iguales, con las mimas terrazas, las mismas vías de los trenes y las mismas piernas de las muchachas bellas que propician las muertes más simples y menos tortuosas. Mirar la ciudad desde arriba. Quedarse quieto y conteniendo la respiración para intentar distinguir alguna voz entre el murmullo constante, pero no escuchar nada más que ruido. Mirar la ciudad desde arriba. Esperar sin mucha esperanza que alguien venga a buscarte, a pedirte que no lo hagas, a darte excusas para posponerlo. Mirar el reloj cada treinta segundos. Fumarte los últimos minutos. Transpirar de calor de y miedo. Mirar la ciudad desde arriba. Comerte tu última cena (un plato de de fideos con salsa de angustia recalentado en el microondas de la muerte) y sentarte a digerir con resignación, hasta que sobrevengan el vómito o la caída, lo que ocurra primero. Mirar la ciudad desde arriba. Recordar lo bueno que tuvo la vida, quizás emocionarse, lagrimear un poco y luego limpiarse los mocos con el dorso de la mano para juntar coraje y pegar el salto. Mirar la ciudad desde arriba. Decidirse, impacientarse, esperar a que termine el tango que asciende de una disquería en la esquina. Mirar la ciudad desde arriba. Levantar la cabeza, enfocar hacia adelante, en un ángulo obtuso de cuarenta y siete grados, ver cómo en el balcón del edificio de enfrente una chica salió también a fumar y descubrir que se quedó sin fuego. Mirar la ciudad desde arriba. Observar cómo señala su cigarrillo apagado y sin estrenar, mientras te dedica una mirada cómplice esperando que le des algo de fuego. Mirar la ciudad desde arriba. Calcular si lanzando el encendedor podrá llegar al otro lado, pero convenir mejor en bajar para dárselo personalmente. Mirar la ciudad desde arriba. Bajar por el ascensor, resignado, molesto por ser interrumpido en el instante preciso de tomar el último impulso para tirarte pero a la vez expectante, por última vez en la vida. Mirar la ciudad desde arriba. Caminar hasta la esquina, esperar el rojo del semáforo y encontrarla en medio de la senda peatonal, vestida de blanco y negro, con el cigarrillo entre los dedos, esperando a ser encendida. Mirar la ciudad desde arriba. Comprobar que tu encendedor ya no funciona, que es tan perra la vida que no sale ni el tiro del final. Mirar la ciudad desde arriba. Verla sonreír con la mirada, morderse la boca, invitarle un café para compensar la carencia de fuego, previa escala en un kiosco para compara un encendedor nuevo. Mirar la ciudad desde arriba. Dejarse llevar por un café, dos cafés, tres cafés, un atado entero y horas de conversación. Decidirse a volver al séptimo, al balcón, al impulso suicida, pero mejor ir a su casa, sacarse los zapatos y anudarse los cuerpos sin ropa mientras cae la tarde. Y ahí sí, de una vez por todas, volar y mirar la ciudad desde arriba.

L.A

martes 11 de agosto de 2009

•Atrapados a oscuras•

Photography Graphics


Son más o menos las cuatro de la mañana. Hace frío. Ella sale casi desnuda a sacar la basura. Él entra muy abrigado a cumplir con un compromiso. Las miradas se cruzan en la vereda, se seducen en el palier y se encontrarán para siempre cuando se apague la luz del ascensor.

Para leer la historia: Ella, yo y mis otros yo

Blog nuevo, formato extraño, ideas infinitas.
Bienvenidos todos, no se olviden de linkear.

lunes 20 de julio de 2009

•La soñadora•


Se quedaba dormida. Se quedaba dormida en la cápsula, en la cúspide, en la cúpula y en la cópula. Se quedaba dormida en los viajes de corta y larga distancia. En el taxi, en la disco, en la espera del dentista, en los finales de las películas, en las clases de natación, en los juegos al aire libre y en las citas nocturnas.

Dormía veinticinco horas al día, nueve días a la semana, siete semanas al mes, trece meses al año y más. Dormía... interrumpiendo el sueño ocasionalmente para comer o ducharse, para mirarse en el espejo las marcas que la almohada le dejaba en la cara y para desenroscarse los huesos de debajo de las frazadas.

Luego volvía a acostarse, a acurrucarse sobre su nube de plumas. Y si la llamaban por teléfono estaba durmiendo, si la pasaban a buscar para salir a cenar estaba haciendo la siesta y si la invitaban a tomar el té todavía no se había despertado.

Sentía fascinación por las vías del tren y sólo comprendió por qué cuando supo que se llamaban durmientes. Coleccionaba sueños de países imaginarios, de hombres inexistentes y de realidades ilusas que clasificaba en las páginas de un cuaderno que dejaba en la mesita de luz.

Se dormía con música, con ruido, con luz, con lluvia cayéndole sobre la cara o con los insectos del jardín libándole en los oídos. Se dormía incluso de pie, en la fila esperando el colectivo, sentada en las banquetas de los bares y acostada en la camilla de los consultorios médicos.

Era bella y era durmiente, por eso cuando se enamoró a la hora de la siesta de un soñador que encontró en un descanso inesperado, se fueron los dos volando al planeta de los sueños, fundidos en un abrazo y viajando en sábanas de luz, a dormir el sueño de los que viven soñando.

L.A

sábado 16 de mayo de 2009

•El lunar de Viviana: parte cuatro•

• Parte unoParte dosParte tres
(si no podés visualizar la tercera, avisá en este post y la pego como comentario en tu blog)









No me acuerdo cuánto tiempo estuve encerrado en el baño con ellas, no recuerdo cuántos cigarrillos nos fumamos. Pero sí todas las cosas que aprendí de anatomía femenina que hasta entonces desconocía y les veo las caras como si hubiera pasado ayer o esta misma mañana. Recuerdo patentemente un lunar que Viviana tenía en la mitad de la ante pierna derecha, del lado externo, un poco debajo del muslo, que dibujé en los meses subsiguientes solapadamente en todas las hojas de Dibujo Técnico, escondiéndolo entre líneas y formas geométricas para que pasara desapercibido. Recuerdo la voz ronca de Marisa y las marcas de las uñas que las dos me dejaron en la espalda me quedaron por un par de semanas. Cuando volví al aula, mis amigos se reían por lo bajo y hacían chistes entre ellos. Yo no escuchaba nada, no entendía nada. Estaba como en otra dimensión. Durante los días que siguieron esperé en vano la mirada cómplice del Flaco para que me eligiera de nuevo, y al ver que corría el tiempo y la bufanda no aparecía en la ventana, los muchachos comenzaron a bromear diciendo que conmigo las chicas se habían espantado y no habían querido volver más.



Al paso de un par de semanas sin novedades, el Flaco decidió irse un mediodía a la salida al Santa María a ver si las encontraba. No las encontró. Habló con una amiga de ellas y le contó que el novio de Viviana había muerto en un enfrentamiento con la policía. A los pocos días, se las habían llevado presas a ellas dos, también al escritor con el que vivía Marisa.



El Flaco volvió triste como no lo vi nunca y las locuras del Loco perdieron toda su gracia. Ahora hacía planes para encerrarse en el baño de su casa o morirse por inanición pasando días y días sin comer. Lo que quedó de nuestro quinto año ya no fue lo mismo desde que nos enteramos. Al principio tuvimos miedo y dejamos de juntarnos a jugar a la pelota o salir de noche juntos. Después pasaron los meses y todo volvió a una relativa normalidad, con el Flaco empeñándose por rescatar al Loco de su depresión y por hacer que nuestro último año de colegio termine lo mejor posible.



Yo no pude recuperarme nunca. Sigo dibujando el lunar de Viviana, pero ya no en las hojas de Dibujo Técnico. Ahora lo dejo impreso en las servilletas de los bares, en los boletos de colectivo, en las facturas de teléfono y en la agenda de mi esposa. Incluso, cuando se descuidan, a veces lo infiltro entre las hojas de los cuadernos escolares de mis hijas. Tengo mellizas. Una rubia, otra morocha. Por las dudas, para no olvidarme, les puse Marisa y Viviana. Porque pasó mucho tiempo. Y la memoria se empeña en jugarnos malas pasadas.



FIN


miércoles 6 de mayo de 2009

•El lunar de Viviana: parte tres•

Parte unoParte dos





Una mañana de Julio, en la que tenía tanto frío que no quería ni salir al patio, cuando vio la bufanda colgada cabeceó para mi lado. Miré a los costados, porque creí que había señalado a alguien cerca mío. Me parece que me vio tan desconcertado que se tuvo que acercar para decirme en voz baja "Andá vos, Luisito". Yo no lo podía creer. Me quedé mudo de la sorpresa. No sabía qué hacer. Tenía que salir del aula para ir a los baños del fondo por primera vez en mi vida. No tenía nada preparado, así que intenté convencer al profesor de Dibujo Técnico con lo primero que se me ocurrió. Fue el chamuyo más flaco de toda mi vida. Ni siquiera me acuerdo de qué dije, pero tengo en mi mente la cara del profesor diciéndome que sí como si hubiera sucedido ayer. Supongo que me creyó más por mi buena conducta y mi poca probabilidad de mentir que por la credibilidad de mi argumento. No importa. Lo cierto es que tenía que salir cuanto antes del aula. Me pasaron un encendedor por debajo de los bancos y salí por la puerta con la emoción más grande de mi vida.



También tenía miedo, no lo voy a negar. Y miedo por partida doble: a ser descubierto y por la incertidumbre de no saber qué iba a pasar. Los muchachos me habían contado acerca de las chicas, pero cuando las vi todas las descripciones se quedaron cortas. Se llamaban Marisa y Viviana. Una rubia, la otra morocha. Eran mejores amigas desde primer grado y ahora que estaban en quinto año de la secundaria eran mucho más que amigas: eran cómplices, como hermanas. No sé si yo me sentía muy perejil o era verdad eso que dicen de las mujeres, que siempre son más maduras, pero a mi no me parecía que tuvieran las dos 18 años. Viviana tenía un novio peronista que veía de vez en cuando porque estaba metido en la política y con las cosas como andaban en el país, andaba en alguna cosa rara de la que ella nunca quería hablar, pero el Flaco me había contado que, se decía por ahí, ella lo ayudaba robando legajos de los alumnos en la dirección y poniendo explosivos en la sala de profesores. Marisa se había juntado con un escritor y después de escaparse de la casa, se había ido a vivir con él a un sucucho en el barrio de Constitución. Nunca tenían frío. Andaban en pollera tanto en verano como en invierno como si nada, y no se les ponía la piel de gallina al sacarse la ropa en el baño vacío. Nomás pedían que les llevemos cigarrillos, para fumar un poco antes de volver a clase y llenarse el pelo de humo, porque lo que es la ropa… quedaba amontonada a un costado apenas aparecía alguno de nosotros, para que no se les impregnara de olor y no las descubrieran las monjas.



Continuará...



Parte cuatro



L.A

jueves 30 de abril de 2009

•El lunar de viviana: parte dos•

Parte uno







Había dos que eran amigas del Flaco, el líder de la clase. Con él habían diseñado una señal secreta que no fue tal, porque al final se terminó enterando toda la división. La señal consistía en que ellas colgaban una bufanda de una ventana de arriba, del primer piso. Eso significaba que podían salir. Entonces se escapaban de la clase y se escondían entre la arboleda que separaba a los campos de los dos colegios, para luego trepar el alambrado intermedio y una vez que quedaban de este lado, venían corriendo cerca de alguna de las medianeras con los vecinos para meterse en los baños del fondo, donde íbamos luego de practicar deportes.



Cuando veíamos la bufanda se armaba. Al principio iba sólo el Flaco. Ocasionalmente el Loco, su mejor amigo. Pero cuando el secreto fue pasando de boca en boca y nos enteramos los demás, todos queríamos ir a los baños para encontrarnos con ellas. El tema era llegar, claro. Había que convencer a los profesores para que nos dejen salir del aula en horario de clase, lo cual no era cosa fácil. En esos tiempos eran mucho más rigurosos y se controlaba mucho la conducta. No como ahora, que los pibes le pasan por encima a los profesores y los tipos no pueden hacer nada porque los denuncian y les hacen un sumario. No. Antes nos podían sancionar y hasta expulsar por lo que hacíamos. Pero no nos importaba, porque las ganas de verlas eran muchas y para eso inventábamos cualquier cosa. El más ingenioso era el Loco. Los demás no salíamos del chamuyo común de una descompostura o un dolor de muela, pero el Loco se las ingeniaba contándole a los profesores grandes historias que tenía previamente inventadas pero que no nos contaba a nosotros por miedo a que se las robemos. Los tipos no eran tontos, pero el Loco era tan atorrante que lograba convencerlos, y hasta a veces desaparecía por veinte minutos o incluso media hora, a base de un buen cuento. Siempre admiré su capacidad de no tener miedo.



La cosa es que veíamos la bufanda y todos empezábamos a mirar sutilmente al Flaco, que era el que decidía quien iba a ir, porque eran amigas de él y sobre todo, porque era el capo. Si te cabeceaba, era tu día de suerte. Trataba de ir alternando, no elegir siempre a los mismos. Pero obviamente, tenía mucha más preferencia por el Loco y sobre todo, por ir él mismo. "Si no venís vos, mandanos uno bueno", decía que le decían las chicas, y él elegía según su estado de ánimo al que creía conveniente para hacerles compañía.



Continuará...



Parte tres



L.A

lunes 20 de abril de 2009

•El lunar de Viviana: parte uno•



Mmmm no..... no recuerdo mucho. Pasó un largo tiempo y la memoria se empeña en jugarnos malas pasadas. Son muchos años. Yo tenía 17, era de los más chicos de la clase. Me sentaba más o menos en el medio. No con los de adelante, que siempre sabían todo y eran chupamedias de los profesores, pero tampoco con los de atrás. Siempre fui tímido. Muy parco, muy reservado. Me costaba tratar con la gente, nunca supe por qué. Igual que ahora. En eso parece que el tiempo no hubiera cambiado. Pero la vida te va dando ciertos golpes, y para saber esquivarlos a veces es mejor no estar solo. Por eso quizás parezca que soy más sociable ahora, veinte años después. Pero en el fondo sigo siendo el mismo tímido de siempre, pasa que ahora se nota menos.



Era un lindo grupo el del secundario, siempre nos llevamos bien entre todos. No era como ahora que los pibes están cada uno en la suya, en grupitos de a dos o de a tres y creen que aplastándole la cabeza al otro van a ser más bananas. No, antes éramos todos amigos. Sobre todo los varones. Con los muchachos siempre nos juntábamos los viernes a la tarde a jugar a la pelota. Yo jugaba de cinco. No era muy habilidoso, pero me las ingeniaba para patear más o menos bien. El resto lo compensaba con la velocidad, siempre corrí rápido y si era necesario sabía meter una buena patada para ubicar a alguno. Pero no era de mala fe. Éramos todos amigos. Cuando terminaba el partido nos juntábamos en la puerta del kiosco a tomar una coca. Y les chiflábamos a las chicas que pasaban por la esquina.



Éramos más giles... las del Santa María del Buen Ayre estaban a la vuelta y el campo de deportes de ellas daba con el fondo del nuestro. Estaban los dos colegios en la misma manzana. El nuestro era de varones, un industrial. Así que las únicas mujeres que había dentro eran las porteras, unas viejas gordas que hacían ruido con las chancletas al caminar por los pasillos y tenían siempre olor a lavandina, que le traían el café a los profesores y limpiaban con esmero y polvo Odex los pupitres que nosotros nos esmerábamos en escribir con guarangadas. Bueno, eso sin contar las "visitas" que nos hacían las chicas del Santa María cada vez que se los permitía el descuido de algunos profesores.



Continuará...



Parte dos



L.A



domingo 5 de abril de 2009

• Los lunes y los jueves •




Son las 6:32 de la mañana de un lunes cualquiera. Entro al café "Tren mixto" de Lima al 1700 y elijo una mesa para dos cerca de la vidriera. Me siento mirando hacia la calle. Estoy esperando a alguien, pero ella va a llegar más o menos siete menos cuarto, menos diez si no se retrasa demasiado. Mientras, le hago un gesto al mozo para pedirle un cortado con tres medialunas. Agarro el diario del día, que alguien dejó en la mesa de al lado, para hacer tiempo, pero no quiero distraerme mucho. Como todavía es de noche, hay poca gente caminando por la calle. En pocos minutos, cuando salga el sol, comenzará a ser un hormiguero intransitable. Pero yo estoy a resguardo en el café. Vengo siempre acá, los mozos ya me conocen. No hace falta ni pedirles nada, me traen "lo de siempre" con un simple gesto de la mano. Me dejan a mano el diaro para enterarme de las noticias del día antes de irme a trabajar. Porque yo trabajo en Quilmes. Soy metalúrgico. Hace treinta y cinco años que me tomo el Roca a las siete en punto de la mañana destino La Plata y falté una sola vez, el día que falleció mi esposa. Treinta y cinco años viajando desde Montserrat a Quilmes, todos los santos días. Nunca hice la cuenta, pero si calculara la suma de horas que pasé arriba de ese tren seguro que me alcanzaría para vivir muchos años más con mi señora, que en paz descanse.Desde que enviudé vengo primero al café, porque no me gusta desayunar solo en mi casa. Acá por lo menos hay gente, hay ruido, hay luces. Uno se sienta frente a la vidriera que da a la calle y ve pasar a los vendedores de diarios, a las paraguayas vendiéndole chipá en la vereda de enfrente a los que salen de la estación, a los bolivianos que montan sus puestos de artículos importados en medio de la vereda, cosa que uno no pueda pasar y termine caminando por la calle, a los travestis que se apuran a encontrar algún cliente antes de que se haga de día... Dios me lo perdone, pero yo nunca he visto pasar criaturas tan feas como esas. No entiendo como un hombre podría encontrar placer en semejante cosa. Yo no he sido un santo, lo reconozco, he tenido alguna que otra caña al aire. Uno fue joven y a veces descocado, pero siempre ha sido con mujeres. Y con mujeres de la calle. Nada de tener una amante, no señor. Mi corazón siempre ha sido de mi señora y con el sentimiento, que es la única forma de infidelidad, siempre le he sido fiel. Y le sigo siendo fiel aún a la distancia, porque sé que desde el cielo ella me estará mirando día y noche para cuidarme. Pero me conoce y sabe que soy picaflor, por eso no creo que se enoje cuando doy vuelta la cabeza para ver pasar a alguna muchachita con la mirada tierna y el pelo perfumado, que no abundan mucho a estas horas por estos lugares, pero alguna que otra irá al trabajo o a estudiar y pasará, inevitablemente por la puerta del café para alegrarme la mañana. Hay una, en particular, que es una preciosura. Es esa, que ahora veo salir de la estación caminando con paso corto pero rápido. Supongo que irá a estudiar o a cumplir algún compromiso, porque no viene todos los días, sólo los lunes y los jueves. Lleva el pelo suelto que se le agita por el vientito fresco de la mañana y apreta contra el cuerpo bien fuerte la cartera por las dudas que alguien se la arrebate. Tiene una carita hermosa pero cansada, siempre, con los ojos maquillados pero un poco entrecerrados. Será que tiene novio y no usa la noche para dormir. Se ríe sola mientras camina. Yo la veo pasar desde hace dos meses y medio, más o menos, todos los lunes y los jueves. La veo salir de la estación, cruzar Lima en un rojo del semáforo, esquivando los colectivos y los hombres que le dicen cosas cuando le pasan por al lado (no los culpo, si yo la tuviera cerca haría lo mismo), pasar por enfrente del café, mirar hacia dentro como buscando a alguien y seguir hasta la esquina, donde dobla por la calle Brasil y la pierdo de vista. Siempre me hago la ilusión de que podría estar buscándome. Quizás lo haga solamente para ver cómo está su pelo despeinado en el reflejo del vidrio, o quizás sea una curiosa que le guste husmear en las cafeterías, pero yo me hago la idea de que va a verme, va a encontrarme mirándola pasar y va a entrar a sentarse un ratito conmigo. Soñar no cuesta nada, y más a mi edad, que ya se perdió el pudor para ciertas cosas. Una vez que pasó, le pido la cuenta al mozo y me voy. Los lunes y los jueves estoy particularmente de buen humor, por eso les dejo algo de propina. Luego me voy para la estación. A las siete en punto sale el tren con destino a La Plata, para ir hasta Quilmes. Porque yo soy metalúrgico. Trabajo en una fábrica hace treinta y cinco años y falté una sola vez. Pero hoy... hoy va a ser un buen día.

L.A





lunes 22 de diciembre de 2008

•Cuadernos•

“Un cuento puede estar escrito en lo que dura un viaje en colectivo. Su calidad depende, pura y exclusivamente, del talento del escritor.”


Su voz resonó en mi mente como un balazo, con la misma frialdad con la que un médico forense descuartiza un cadáver putrefacto. Con ese puñado de palabras me cargaba un peso encima que yo no podía ni quería soportar. Me culpaba por mi mediocridad como escritor, por mi falta de dedicación, por esgrimir excusas inútiles como la falta de tiempo.

Pero a mí no me importaba, no me conmovía en absoluto porque era ella. Ella. La causante y cura de todos mis males. Mi musa inspiradora a la hora de escribir.

En las páginas de mis historias había sido la heroína, la princesa, la que vagaba sola por las calles en busca de mí, la que me esperaba sentada junto al piano al regresar a casa. La libertad hecha mujer y la prisionera de todos mis demonios, que esperaba ser rescatada por un escritor mediocre que le construía pasadizos secretos en las tumbas a la largo de las páginas.

Me daba lo mismo que le gustara o no. Que se conmoviera al verse retratada en mis cuentos o que permaneciera inmóvil como una estalactita. Después de todo, no tenían por qué gustarle. No había ninguna razón, ni siquiera una, para que luego de abrir el cuaderno se echara a llorar en mis brazos o me besara apasionadamente sin siquiera vacilar. No, no la había. Era imposible que algo como aquello sucediera.

Ella es de esas mujeres que van dejando un halo al pasar, que destilan una suerte de sustancia hipnótica imperceptible al olfato pero fácilmente perceptible por el resto de los sentidos. Y yo… y yo, bueno. Apenas un escritor insomne que, a causa de sus dificultades para conciliar el sueño, no encuentra mejor pasatiempo que escribir sobre aquello que le resulta más remoto y más deseado: una mujer que jamás repararía en su persona. Tal es así que hace más de un año que no puedo salir de ella. No puede mi mente imaginar otro personaje ni otra historia.

Ni siquiera sé por qué accedí a este estúpido juego de intercambiar nuestros cuadernos. Será, naturalmente, porque ella me lo propuso. No encontrará nada allí que no sepa o que no conozca. Lo mismo sería si le extendiera un espejo.

De tanto pensarla me olvidé que, a cambio, ella me dio su cuaderno, que ahora mismo tengo entre las manos. La letra es clara y redondeada, tal como la hubiera imaginado. Es sin dificultad que, con asombro, en la primera página leo:

“¿Era necesario que inventara todo esto de los cuadernos para que sepas que te amo? Hace más de un año que no hago otra cosa que pensar y escribir sobre vos….”

L.A


viernes 14 de noviembre de 2008

•Tus ojos verdes•

"Dentro tuyo la verdad grita, incansable. Dentro mío también"



Es necesario que la verdad sea dicha en voz alta. Quizá me odies por esto que voy a contarte, que luego de conocer esta verdad de la cual te hablo y que ha sido silenciada durante años nunca puedas perdonarme, pero ya guardé silencio por mucho tiempo, y no creo poder seguir aguantando. Estoy segura que lo que vas a leer en esta carta no te va a resultar sorprendentemente nuevo, aunque por eso no menos doloroso. Pero aunque no sepa cómo explicarlo estoy convencida de que esto que vengo a traerte como una gran revelación, dentro tuyo ya ha sido descubierto, como si hubiera alguna voz, algún llamado a la verdad que busca una respuesta. Muestra de ello son tus preguntas, tus cuestionamientos, tus llantos sin razón o los cabos sueltos que le encontraste a toda esta historia. Por eso sé que ya no tiene sentido continuar con esta farsa, porque dentro tuyo la verdad grita incansable y es por eso que creo que llegó la hora de quitarnos las máscaras. Cueste lo que cueste.



Podría decirte que el día en que naciste yo me encontraba leyendo debajo del árbol que está en el patio, tal como hacés vos ahora en las tardes de sol, y que papá se encontraba tendido a mi lado tocando su música, hablándole a mi panza y cantándote canciones de amor para que vos escucucharas. Podría volver a contarte cómo su voz te despertó de tu ensueño, y cómo una corte de abuelos, tíos y amigos se movilizó para recibirte, ante mi alerta por las contracciones que empezaban a sucederse cada vez con menor pausa. Podría decirte que te dieron la bienvenida como a una princesa, que papá te tomó en sus brazos y que de sus ojos verdes con mirada de enojo cayeron lágrimas como un río de amor. Podría decirte tantas cosas… muchas de las cuales ya te dije una y mil veces, y otras tantas creadas para cada ocasión ante tu pregunta recurrente por saber cómo naciste, pero no estaría haciendo honor a esa verdad de la que te hablo desde el principio de la carta.



Por eso tengo que decirte, con mucho dolor en el alma, que el día en que naciste Emiliano estaba revolcándose entre las sábanas de una de sus tantas amantes , dedicándole sus mejores versos y haciendo planes para dar la vuelta al mundo a dedo y que Marcela vomitaba el exceso de alcohol ingerido durante la noche anterior. Que yo en realidad no estaba leyendo a la sombra del árbol del patio, sino que me encontraba atrapada en un embotellamiento en medio de la Avenida Gral.Paz a la vuelta del trabajo, cuando papá me llamó para avisarme que estabas llegando a este mundo y que él iba a estar ahí para recibirte. Fue un momento de caos en mi mente, de impotencia y de mucho dolor. Rodeada por autos en medio de la avenida, esperando sin mucho éxito que el tráfico avanzara y con la sensación en medio del pecho de habérseme clavado un puñal, le di rienda suelta a un impulso y me comuniqué con Emiliano. Si algo no perdí con el paso del tiempo es la capacidad de conocer lo que hay su cabeza. Aunque no lo vea por meses o incluso por años, puedo decir a la distancia cuándo está triste, cuándo ha fracasado en un proyecto, cuándo vuelve a las cadenas de la misma mujer o cuándo me extraña a lo lejos y en silencio. Puedo saber, cuando me mira a los ojos las pocas veces que nos hemos cruzado en los últimos años, que muy dentro suyo añora ese tiempo en que él me quiso, y yo también lo quise, pero no tuvo el coraje suficiente de dejarla a Marcela y echarnos a andar por Europa, a vivir de la música, a dormir una noche en una plaza y por la mañana amanecer en un tren hacia cualquier parte, sabiendo que yo a los veinte años era capaz de dejar casi cualquier cosa por sus manos blancas y sus rulos negros. Pero de una sola cosa no era capaz – de una o dos- y era de pedírselo. O le surgía a él o no será nada, pensé una tarde. Y nada fue.



Pero eso no quitaba que yo siempre supiera con qué mujeres andaba– aunque por su puesto, nunca me lo dijera- o dónde iba a parar en sus desapariciones sorpresivas en las que parecía ser arrasado de la faz de la Tierra, para volver a la semana o incluso meses más tarde, sin explicaciones y sin excusas, como si nada hubiera sucedido. Por eso lo llamé. Le grité, lloré por el teléfono, lo insulté en todos los idiomas posibles. Le dije que era un canalla, un imbécil, un cobarde, que mientras su hija estaba naciendo él no era capaz hacerse presente por estar enredado entre las piernas alguna amante bohemia que lo inspiraba a descubrir, momentáneamente, el inframundo de su mente, y que sería bueno que ponga los huevos bien puestos donde los tenía que poner y que de la cara. Al mismo tiempo, luego de llegar a la clínica gracias a la movilización de toda la banda de músicos que se fumaban los nervios en la sala de espera, Marcela entraba llorando y retorciéndose del dolor a la sala de partos, aferrada con fuerza a la mano de papá que estaba ahí con ella y que minutos después cortó el cordón umbilical para tomarte entre sus brazos y acurrucarte en su pecho, cantándote al oído tu primera canción de amor.



Llegué unas horas más tarde, cuando pude deshacerme de las bocinas, los semáforos y el tráfico. Marcela dormía y papá te acunaba en silencio mientras caminaba por la habitación. No fue necesario decir mucho, porque apenas entré él te puso entre mis brazos y ahí no pude contener el llanto. Tus ojos se entreabrieron y dejaron escapar una luz verde. Tu manito frágil se aferró a un dedo mío, como pidiéndome que no te deje. Supe interpretar ese mensaje, del mismo modo que puedo interpretar lo que pasa por la mente de Emiliano, y ese pedido de ayuda fue el impulso necesario para darme fuerza y enfrentar lo que vendría después. Emiliano apareció a la semana, nadie sabe si por mera casualidad o si porque alguien le había avisado del nacimiento de su hija. Yo nunca dije nada. Marcela terminó de comprender que un bebé no era el modo de retenerlo y a los pocos días se cansó de su juguete nuevo. Entonces hizo una regresión a sus catorce años, a sus celos enfermizos y a su posesión desmedida, a la época en que amenazaba con suicidarse si Emiliano la dejaba. No hubo caso. Él ya no le creía ni la quería, y no había nada que pudiera traerlo a tierra. Siempre sostuve que Emiliano transcurre en una dimensión ajena a la nuestra, a unos cuantos centímetros del piso o a varios metros de profundidad, pero nunca está a la altura del resto de la gente. El punto es que ellos se desarmaron en peleas, gritos, discusiones, platos rotos que volaron por los aires y supuestas reconciliaciones pasionales que no duraron más que una sola noche.



En el medio estabas vos, con tus ojos verdes que con el correr de los días se empezaron a abrir del todo y comenzaron a ver el mundo con mirada propia. Fue una decisión complicada, muy pero muy difícil. El hecho de que Emiliano y Marcela fueran nuestros amigos no facilitaba los trámites y la justicia se encargó de hacer al proceso, de por sí difícil, aún más largo, duro y tedioso. Pero jamás dudé de que hayamos hecho lo correcto. Con papá decidimos adoptarte y desde los tres años estás viviendo con nosotros. Es por eso que no encontrás fotos mías en las que estoy embarazada o de cuando eras bebé. Es por eso que siempre respecto a vos hay un halo de misterio y de secreto que te persigue a todos lados, que vos no podías percibir cuando eras chica, pero ahora que empezaste a crecer se volvió más evidente. De todos modos, la gente no se da cuenta. Siempre dicen que tenés mi misma sonrisa o mi manera de caminar… y que tus ojos verdes son los mismos ojos de papá. Bueno, en eso no se equivocan. Por si te sirve de consuelo, no sos la única a la que han estado mintiéndole todo este tiempo. O que al menos, han intentado. Siempre te dije que dentro tuyo la verdad grita. Dentro mío también.



L.A





domingo 12 de octubre de 2008

•Alas para una mujer•

"Este será mi vestido de bodas"



Se colgó las alas en la espalda desnuda, dejando un rastro suave de plumas desprendidas por todos los rincones de la casa. Se asomó a la ventana, y con una sonrisa insolente enunció:

- Este será mi vestido de bodas.

La carcajada que emitió luego le hizo brillar intensamente las pupilas. Y yo, aprovechando el contraluz que me ofrecía la claridad de la tarde, tomé la cámara y eternicé el instante. Ese instante en que rió, rió tanto con su ocurrencia hasta llorar y derramar sus últimas lágrimas.

Siempre le había gustado disfrazarse. Deambulaba de mañana y de noche por la casa diciendo ser una diosa hindú, una sirena o una reina medieval. Esta vez jugaba a ser un ángel. Se cubría con los vestidos antiguos que descubría del armario de mi madre, con las sedas y los tules que encontraba en los arcones, y se tejía gargantillas con las flores del jardín. Bailaba descalza por la casa, semi vestida con sus disfrazes y coronada con rosas, jugando a ser de a ratos niña y de a ratos mujer. Se me acercaba diciendo:

- Arrodíllate ante mí, cortesano. ¿No ves que su majestad la reina ha venido a ti?

Y yo era capaz de seguirle el juego. De creerle a todas sus multiplicaciones, de amarlas a todas por igual, sabiendo que detrás de los mantones de seda que le cubrían momentáneamente el torso y las rosas enroscadas al cuello, detrás de las gotas de maquillaje negro que enmarcaba sus ojos y del polvo azul que besaba sus párpados, estaba ella, la misma Venus que reencarnaba a su antojo según la ocasión.

Y en ésta era un ángel. Un ángel que llevaba por única vestimenta un par de alas blancas colgadas en la espalda. Un ángel caído en mi cama un tarde de verano. Hermosa como un día de verano, así la recuerdo. Con la misma locura de siempre, esa locura que le hizo creer por un instante que si atravesaba la ventana sus alas iban a agitarse en el aire.

Prefiero no pensar en el ruido de su cuerpo al caer sobre el asfalto, o en las plumas blancas cubiertas con sangre. Sólo quiero recordarla con esta foto, que revelé unos meses después de su muerte, debido al dolor que me causaba enfrentarme a su imagen.

Aunque no haya captado el brillo de sus pupilas , ni el sonido de su risa, ni el sabor de una de sus lágrimas, aún recuerdo el tono de su voz cuado, con insolencia, eligió a este par de alas como su vestido de bodas.

L.A

viernes 22 de agosto de 2008

•Sí, quiero o La mujer de la foto en sepia•

- Acá van a pensar que querés proponerme matrimonio solapadamente.
- Peor hubiera sido que te regale el kamasutra

Mi risa resonó en el teléfono con la ocurrencia. Una ocurrencia del tipo de las que yo suelo contestar.

Es un libro de unas 350 páginas, de encuadernación blanda, en estado impecable -demasiado bien cuidado como para no ser nuevo- con una foto en sepia que ilustra la tapa: una mujer gruesa de cintura fina -a fuerza de corset- y cara de susto, enfundada en un vestido de seda blanco que la cubre desde lo alto de la nuca hasta la punta de los pies, con un escote de encaje labrado que le oculta el cuello y el pecho, sobre el cual descansa un rosario. Se encuentra de pie detrás de su reciente y flamante esposo, un hombre de mediana edad, acomodado en un sillón, con traje, guantes blancos, pelo engominado y bigote acorde a la época. Los dos miran como hacia un costado de la cámara, como si la foto hubiese sido tomada de improviso mientras ellos estaban atentos a otra cosa, pero bien claro se nota por las poses que no hubo ni una gota de espontaneidad.

El libro en sí cuenta la evolución de la institución del matrimonio en Argentina, matizado con ciertas anécdotas y notas de color.

Llevo leídas unas treinta páginas, pero el hecho de estar ocupada estudiando me impide avanzar más rápido. Mientras, el libro descansa en mi mesita de luz, a la espera de un momento libre para retomar la lectura.

Cada vez que paso por al lado, a cualquier momento del día, no puedo evitar observar la imagen de la mujer. La extrañeza en la proporción de su cintura con el resto de su cuerpo da testimonio de la torura que debería sufrir en aqulla época a costa de la moda.

No sé si lo que realmente me inquieta o cautiva mi atención es la pose o las mangas plisadas de su vestido. Más bien creo que es su expresión triste, su mirada perdida en la oscuridad del miedo a la vida conyugal que, de ahora en más, le depara la existencia junto a su marido, ese hombre sentado delante suyo al que seguramente ella no ama o quizás siquiera conozca, porque se casó contra su voluntad, y de quien tendrá que depender su existencia "hasta que la muerte los separe".

El hombre poco me inquieta. Tiene en la mirada esa mezcla febril de lascivia e incompetencia que tienen muchos hombres y su figura se desdibuja respecto a la de la mujer que, robusta, se yergue a sus espaldas, con la elegancia de una escultura y la imponencia de una diosa griega.

Ahora entiendo que es ella la que llama poderosamente mi atención. Me dan ganas de entrar a rescatarla de la foto, de salvarla del destino fatal que le impone el libro, para traerla al siglo veintiuno y decirle: "Aquí estás, mujer. Arrancate ese ridículo encaje y soltate el pelo, que el idiota de tu marido ha quedado preso en la tapa del libro y vos ya estás del otro lado". Y la mujer -que bien podría llamarse Felicitas o María Dolores, y que seguramente tendría doble apellido- se horrorizará de ver a mujeres tan reales como ella desnudándose por televisión o dirigiendo corporaciones mientras sus parejas -siquiera sus maridos- preparan la cena en casa. Pero supongo que se acostumbrará, tarde o temprano. Al menos no morirá de tristeza al lado del imbécil que tiene por esposo.

En la búsqueda de algún dato acerca de su identidad revisé la cara interna de la tapa, las primeras páginas con los datos editoriales y me encontré con una sorpresa: el libro que yo suponía un préstamo era -ahora me daba cuenta- un regalo. Un regalo solapado (escondido detrás de la solapa). Con tinta negra una letra casi ilegible rezaba unas palabras dedicadas a mí, una secreta invitación a ser amigos.

El asombro fue tal que llegué a indignarme conmigo misma ¿Cómo no me había dado cuenta antes? La respuesta era sencilla: si bien la tinta se traspasaba hasta el otro lado de la hoja, estaba escrito de tal manera que la solapa lo tapaba todo.

Me habían hecho un regalo. Esa clase de regalos que uno atesora entre los estantes de una biblioteca, a merced del polvo y del paso del tiempo, pero no del olvido. Esa clase de regalos que uno puede leer ahora o dentro de cincuenta años con la misma devoción. La misma devoción que en algún momento heredarán mis hijos o mis sobrinos, y seguramente se preguntarán por la identidad del firmante de la dedicatoria (del mismo modo que yo me he preguntado por los que se dedicaron libros y esquelas que he encontrado dentro de los libros heredados de mis padres, tíos y abuelos). Un regalo tan simple pero tan certero que logró conmoverme.

Ahora quizás entiendo en parte el mensaje de la mujer de la foto. Quizás con su mirada taciturna estuviera queriendo decirme algo, como dándome un indicio de las palabras secretas que se escondían para mí al voltear la página. Es curioso, cómo cuando ha pasado tiempo suficiente como para que no quede ni el polvo de lo que alguna vez fuimos, aún seamos un instrumento para provocar alguna inquietud en otros. Para no pasar desapercibidos. Para no ser ignorados. Para que algo nuestro quede impreso en algún otro ser, que aunque no lo recuerde o nunca nos dé las gracias, lleva en sí mismo la huella de lo que alguna vez supimos transmitirle. La mujer en la foto, con su expresión resignada y su pose inocultablemente abrasiva -que pareciera esconder un caballo salvaje apresado con la sola arma de un anillo- ha sido para mi la puerta de accesso a la primera página del libro, a la página de las letras negras chuecas, a las letras de la mano que temblorosa se animó a hacerme un regalo sin pedir permiso, al regalo que más que un regalo es un gesto, una invitiación amable, una propuesta a comenzar de nuevo.

Buscando un libro para regalarle como muestra de agradecimiento o, mejor aún, para confirmar mi aceptación a su propuesta, he concluído que no es tarea sencilla, puesto que él vivió mucho más lejos que lo que varios libros pudieran contarle, y que su propia vida ha superado a varios dramas de ficción. Que muchos personajes se le parecen, que muchas historia podrían ser la suya, pero sin ser; porque su existencia se ha tornado a veces más trágica de lo que algún escritor haya podido imaginar.

Entonces decidí tomar el camino inverso y regalarle esta historia, que él en parte conoce porque la protagoniza, pero que lo sorprende porque se la cuento yo. Al igual que él decido dedicársela, esa vez no en la primera página, sino en la última, dándole con mis palabras respuesta a la invitación que me hizo con las suyas, y digo: Sí, quiero.

Y este es el momento en el que creo que los papeles se han invertido, que las historias y los libros se han entremezclado. Y me veo a mí misma como el caballo salvaje, erguida como una escultura de una diosa griega, pero escondiéndome con cara de miedo detrás de la figura desdibujada de un idiota. Mientras él -el autor del regalo, quien me dedicó el libro- se me acerca, me suelta el pelo, me arranca el encaje y me dice: Vamos, que todavía hay mucho por leer.

L.A

 
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